Ficha🟣 Avanzado

Estudios de género y diversidad en perspectiva histórica

🟣 Nivel Avanzado  ·  Socio-Históricas

Una mujer que exigía derechos políticos en 1916, un hombre que rechazaba el papel de proveedor obligatorio en 1970 y una persona que cuestiona hoy una categoría binaria de identidad pueden parecer protagonistas de debates distintos. ¿Qué tienen en común?

Los tres casos muestran que género y sexualidad no funcionan como categorías inmóviles: cambian con instituciones, lenguajes, mercados laborales, movimientos sociales y relaciones de poder. La perspectiva histórica permite observar no solo qué derechos se conquistaron, sino también cómo cambió aquello que una sociedad consideraba “normal”, “natural” o incluso pensable.

Qué lograrás

Objetivo didáctico

Al terminar esta ficha serás capaz de sintetizar y evaluar históricamente las transformaciones de género y diversidad, relacionando feminismos, masculinidades, sexualidades, división del trabajo e interseccionalidad para distinguir cambios legales, culturales e institucionales y analizar críticamente sus efectos en México y América Latina.

Punto de partida

Introducción

Durante mucho tiempo, una parte importante de la historiografía narró revoluciones, guerras, industrialización y formación de los Estados como si el género fuera un aspecto secundario. La incorporación sistemática de mujeres a la investigación histórica mostró primero cuánto se había omitido; después, los estudios de género formularon una pregunta todavía más radical: ¿cómo participaron las propias definiciones de feminidad, masculinidad, familia y sexualidad en la organización del poder?

Joan W. Scott planteó en 1986 que el género podía funcionar como una categoría útil de análisis histórico precisamente porque permitía estudiar relaciones de poder construidas mediante diferencias atribuidas a los sexos. El desplazamiento era metodológico: ya no bastaba con “añadir mujeres” a una narración existente. Había que preguntar por qué ciertas ocupaciones se feminizaron, por qué el voto fue entendido durante décadas como atributo masculino o cómo una norma familiar llegó a considerarse natural.

🔷 Marco conceptual: género como relación histórica
En esta ficha, género no se utiliza como sinónimo de “mujeres”. Designa relaciones, normas, instituciones e identidades mediante las cuales las sociedades organizan diferencias y expectativas vinculadas con sexo, feminidad y masculinidad. Su forma cambia históricamente y se articula con clase, racialización, edad, territorio, sexualidad y otras relaciones de poder (Scott, 1986; Crenshaw, 1989).

Una perspectiva histórica exige además evitar anacronismos. Una persona del siglo XIX podía vivir deseos o relaciones que hoy llamaríamos homosexuales sin identificarse mediante las categorías contemporáneas LGBT+. Del mismo modo, movimientos de mujeres podían disputar subordinaciones sin utilizar exactamente el vocabulario feminista actual. Estudiar género históricamente significa reconstruir los lenguajes disponibles en cada momento en lugar de proyectar automáticamente los nuestros hacia el pasado.

También requiere admitir conflictos dentro de los propios movimientos emancipatorios. No todas las mujeres tuvieron las mismas prioridades; no todos los hombres se beneficiaron del orden de género de la misma forma; no todas las experiencias sexuales quedaron representadas por los primeros movimientos homosexuales; y una reforma legal podía beneficiar de manera desigual según clase, origen étnico o territorio. Esa heterogeneidad será el hilo conductor de los cinco temas siguientes.

El contenido

Desarrollo del tema

01

Historia del feminismo por olas: una cronología útil que también debe discutirse

La metáfora de las olas feministas organiza con frecuencia la historia en grandes ciclos. La primera suele vincularse con ciudadanía, educación, propiedad y sufragio entre el siglo XIX y las primeras décadas del XX; la segunda, desde las décadas de 1960 y 1970, con sexualidad, trabajo doméstico, reproducción y la idea de que “lo personal es político”; la tercera, desde los años noventa, con diferencias internas, identidades y críticas a una categoría universal de “mujer”; y una cuarta ola suele asociarse con activismos digitales y movilizaciones masivas del siglo XXI.

El esquema ayuda a recordar cambios de agenda, pero puede deformar la historia cuando se presenta como universal. Investigaciones recientes sobre feminismos latinoamericanos cuestionan que cuatro olas homogéneas describan adecuadamente países cuyos movimientos estuvieron atravesados por dictaduras, revoluciones, sindicalismo, colonialidad, organizaciones indígenas, luchas por democracia y relaciones particulares con el Estado. En América Latina resulta más preciso hablar muchas veces de feminismos en plural (Barrancos, 2020; Zaremberg & Rezende de Almeida, 2024).

Toca un hito para leer más.

México ilustra por qué una historia lineal de conquistas es insuficiente. El Primer Congreso Feminista de Yucatán se celebró en 1916, pero el reconocimiento constitucional del sufragio federal llegó hasta 1953. Tener derecho a votar tampoco significó igualdad inmediata en representación, ingresos o autonomía. Cada derecho modifica el campo de disputa, pero no elimina automáticamente otras relaciones de poder.

La utilidad de las “olas”, entonces, consiste en orientar preguntas, no en sustituir la investigación histórica. Frente a cualquier periodización conviene preguntar: ¿qué países está describiendo?, ¿qué movimientos quedan fuera?, ¿qué mujeres podían participar?, ¿qué relación existía con sindicatos, partidos, movimientos indígenas o luchas democráticas? La cronología deja de ser una fila de victorias y se convierte en una historia de alianzas, exclusiones, avances y reconfiguraciones.

02

Masculinidades: estudiar a los hombres como sujetos de género

Los primeros estudios de género tendieron comprensiblemente a concentrarse en desigualdades sufridas por las mujeres. Sin embargo, tratar a los hombres como si fueran el sujeto humano “neutral” dejaba intacta una parte de la explicación. Los estudios de masculinidades comenzaron a preguntar cómo se aprende a ser hombre, qué prácticas reciben prestigio, cómo operan la homofobia y la competencia entre varones y por qué no todos los hombres ocupan la misma posición dentro del orden de género.

Raewyn Connell sistematizó esta discusión en Masculinities, publicado en 1995. Su concepto de masculinidad hegemónica no significa que exista un modelo practicado por la mayoría de los hombres. Designa una configuración cultural que adquiere autoridad en un contexto histórico y que legitima determinadas relaciones de género. Puede premiar autonomía económica, heterosexualidad, dureza emocional, autoridad o disposición al riesgo, mientras otras masculinidades quedan subordinadas o marginadas (Connell, 1995).

🤔

Si todos los hombres fueran beneficiarios idénticos de un mismo sistema de género, ¿cómo explicaríamos que ciertos modelos de masculinidad también castiguen a hombres pobres, homosexuales, indígenas, racializados o a quienes no cumplen expectativas de proveedor, autoridad o dureza?

La clave está en que las masculinidades son relacionales. Un ejecutivo urbano, un campesino, un adolescente, un padre desempleado y un hombre gay pueden enfrentar expectativas distintas y recursos radicalmente desiguales. Incluso el ideal del “proveedor” cambia cuando aumenta la participación laboral femenina, se precariza el empleo o se transforman las familias. Lo que parecía identidad individual revela conexiones con mercados laborales, escuela, religión, medios de comunicación y Estado.

Esta perspectiva también modifica la vida cotidiana. Repartir cuidados, pedir ayuda psicológica, participar activamente en la crianza o rechazar la violencia no son únicamente decisiones privadas: pueden confrontar repertorios históricos sobre qué conductas otorgan reconocimiento masculino. Estudiar masculinidades no desplaza el análisis de la desigualdad contra las mujeres; permite comprender mejor los mecanismos culturales mediante los cuales esa desigualdad se reproduce y también puede transformarse.

03

Diversidad sexual e historia: las experiencias preceden a muchas de nuestras categorías

Las relaciones entre personas del mismo sexo existen en numerosos periodos y sociedades, pero eso no significa que todas hayan sido organizadas mediante identidades equivalentes a “gay”, “lesbiana” o “bisexual”. Incluso la palabra homosexual es históricamente reciente: el escritor austrohúngaro Károly Mária Kertbeny la utilizó en 1869. La aparición de una palabra no creó el deseo, pero sí contribuyó a producir nuevas formas de clasificar personas y conductas.

Durante los siglos XIX y XX, medicina, psiquiatría, derecho, religión y movimientos sociales compitieron por definir la sexualidad. Un cambio emblemático ocurrió el 17 de mayo de 1990, cuando la Asamblea Mundial de la Salud dejó de clasificar la homosexualidad como trastorno mental. Décadas de organización social, investigación y transformación cultural habían convertido una categoría médica en un problema de derechos, estigma y reconocimiento institucional.

🧩 Clasifique el tipo de transformación histórica

Seleccione un caso y después la dimensión que mejor describe el cambio principal.

La historia mexicana muestra una transformación jurídica acelerada en las últimas décadas. Después de procesos legislativos, judiciales y de movilización diversos, la aprobación en Tamaulipas en octubre de 2022 significó que las 32 entidades federativas contaran con reconocimiento del matrimonio igualitario. Sin embargo, igualdad matrimonial y eliminación de discriminación no son sinónimos: acceso a salud, seguridad, reconocimiento familiar y violencia continúan siendo dimensiones diferentes.

El análisis histórico permite evitar dos simplificaciones. La primera es pensar que antes del movimiento LGBT+ moderno no existía diversidad sexual. La segunda es proyectar categorías contemporáneas sobre personas que organizaron su identidad de otra manera. Los nombres cambian, las instituciones cambian y las comunidades producen nuevos lenguajes para narrarse. Precisamente por eso la sexualidad constituye un objeto histórico.

04

Género y trabajo: cuando producir y cuidar fueron separados estadísticamente

La industrialización contribuyó a consolidar una separación simbólica entre trabajo “productivo” remunerado y trabajo doméstico. La frontera nunca fue absoluta: mujeres pobres, indígenas, afrodescendientes y campesinas han trabajado dentro y fuera del hogar durante siglos. Sin embargo, el ideal del varón proveedor y la mujer cuidadora adquirió enorme fuerza normativa en los siglos XIX y XX, influyendo en salarios, seguridad social, legislación laboral y organización de los hogares.

La incorporación masiva de las mujeres al empleo remunerado modificó esa arquitectura sin eliminar la división sexual del trabajo. En América Latina y el Caribe, datos recientes de la CEPAL sitúan la participación laboral femenina alrededor de 50%, frente a aproximadamente 75% entre los hombres. Tener, en promedio, mayores niveles educativos que generaciones anteriores no ha borrado obstáculos vinculados con cuidados, segregación ocupacional, informalidad y autonomía económica.

23.9%
💫 El dato que cambia todo

El INEGI calculó que el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado realizado en los hogares mexicanos durante 2024 tuvo un valor equivalente al 23.9% del PIB. Una actividad puede ser indispensable para que la economía funcione y, al mismo tiempo, quedar fuera de las transacciones que tradicionalmente asociamos con “producción”.

La historia detrás de esa medición es importante. Desde la segunda mitad del siglo XX, economistas feministas y especialistas en uso del tiempo cuestionaron que cocinar, limpiar, criar o acompañar a personas dependientes desaparecieran del análisis cuando no existía un salario. Las encuestas de uso del tiempo y las cuentas satélite permitieron convertir una crítica conceptual en información estadística capaz de mostrar quién realiza ese trabajo y cuánto tiempo absorbe.

La conexión cotidiana aparece en cualquier hogar donde una persona reduzca su jornada, rechace una promoción o abandone temporalmente el empleo para cuidar. La decisión puede parecer estrictamente personal, pero está condicionada por horarios escolares, licencias, disponibilidad de servicios, distribución intrafamiliar y normas sobre quién “debería” cuidar. Género y trabajo se encuentran precisamente en esa frontera entre decisiones privadas y organización institucional.

05

Interseccionalidad en perspectiva histórica: cuando un solo eje deja de explicar la experiencia

Kimberlé Crenshaw formuló el término interseccionalidad en un artículo jurídico de 1989 para mostrar un problema concreto: determinados marcos antidiscriminatorios trataban raza y género como categorías separadas y podían dejar sin explicación experiencias de mujeres negras que no encajaban adecuadamente en ninguno de los dos ejes considerados aisladamente. En 1991 desarrolló el argumento al analizar violencia contra mujeres de color.

La importancia del concepto no consiste en elaborar una lista infinita de identidades. Su potencia está en estudiar cómo diferentes relaciones de poder se articulan y producen posiciones específicas. Género puede relacionarse con racialización, clase, sexualidad, edad, discapacidad, ciudadanía o territorio; el resultado no es simplemente la suma matemática de discriminaciones independientes (Crenshaw, 1989, 1991).

Mirada históricamente, la interseccionalidad también ayuda a recuperar antecedentes anteriores al término. Movimientos de mujeres negras, trabajadoras, indígenas y lesbianas habían señalado desde mucho antes que un feminismo construido desde una experiencia social privilegiada podía invisibilizar otras posiciones. La novedad de Crenshaw estuvo en formular con precisión jurídica y teórica cómo un marco de “un solo eje” podía producir esa exclusión.

En América Latina el concepto exige además contextualización. Racialización y género no operan de la misma forma en Brasil, México, el Caribe o los Andes; colonialidad, esclavitud, pueblos indígenas, mestizaje, migración y desigualdad territorial construyeron historias diferentes. La interseccionalidad pierde fuerza si se transforma en una etiqueta decorativa. Su función es obligar al análisis a explicar qué instituciones conectan las diferencias con resultados desiguales.

Cierre

Conclusión

El objetivo de esta ficha era sintetizar transformaciones históricas sin convertir género y diversidad en una narración lineal de progreso. Los feminismos muestran cambios en ciudadanía, cuerpo y derechos; los estudios de masculinidades revelan que los hombres también son producidos por órdenes de género; la historia de las sexualidades demuestra que identidades y clasificaciones cambian; el análisis del trabajo hace visible la frontera entre producción remunerada y cuidados; y la interseccionalidad impide suponer que cualquiera de estos procesos afecta a todas las personas de manera uniforme.

La perspectiva histórica ofrece así una herramienta crítica: cuando una norma social parece natural, permite preguntar cuándo apareció; cuando un derecho parece definitivo, permite reconstruir la lucha que lo hizo posible; y cuando una categoría parece universal, permite buscar a quienes quedaron fuera de ella. El resultado no es relativismo: es una comprensión más precisa de cómo instituciones y relaciones sociales producen continuidad y cambio.

🔭 Para seguir aprendiendo

  • ¿Qué perderíamos de la historia latinoamericana si sustituyéramos sus trayectorias específicas por un modelo rígido de cuatro olas feministas?
  • ¿Cómo transformarán el envejecimiento, la automatización y los nuevos arreglos familiares las definiciones sociales de masculinidad, feminidad y cuidado?
  • ¿Qué categoría que hoy consideramos evidente podría resultar históricamente extraña para quienes estudien nuestra sociedad dentro de cien años?
Ahora tú

Actividad de aprendizaje autónoma

Producto final: expediente histórico de una transformación de género. Seleccione un proceso de México o América Latina ocurrido entre 1900 y la actualidad: sufragio, participación laboral, derechos familiares, movimientos feministas, cambio en normas de masculinidad, diversidad sexual, cuidados, derechos reproductivos u otro proceso claramente documentable.

  1. Defina un periodo de al menos veinte años para evitar convertir un solo acontecimiento en explicación completa.
  2. Identifique tres hitos fechados y explique qué cambió en cada uno: legislación, lenguaje público, instituciones, prácticas sociales o movilización.
  3. Localice una fuente primaria o registro contemporáneo al proceso: periódico, ley, discurso, estadística, fotografía, cartel, testimonio o documento institucional.
  4. Explique qué concepto de feminidad, masculinidad, familia o sexualidad aparece en esa fuente sin proyectar automáticamente categorías actuales.
  5. Incorpore la dimensión del trabajo: determine si el proceso modificó empleo, propiedad, ingresos, cuidados o distribución del tiempo.
  6. Aplique una lectura interseccional. Identifique al menos dos posiciones sociales cuya experiencia del mismo cambio pudiera haber sido diferente y explique el mecanismo.
  7. Cierre con una tesis de 250 a 300 palabras que responda: ¿qué cambió realmente y qué continuidad sobrevivió detrás del cambio formal?
🌱 Generador de pregunta histórica
Complete los dos campos para producir una pregunta que pueda orientar su expediente.

Evidencia de logro: el expediente debe incluir un periodo definido, tres hitos fechados, al menos una fuente primaria, análisis de categorías históricas, una dimensión laboral, una comparación interseccional y una tesis final que diferencie cambio formal de transformación social.

Criterio de calidad: el análisis será sólido si evita tres errores: narrar una historia inevitable de progreso, utilizar categorías actuales sin contextualización y hablar de “las mujeres”, “los hombres” o “la diversidad” como bloques homogéneos. Cada afirmación relevante debe vincularse con una fuente o mecanismo histórico identificable.

Reflexión final: ¿qué aspecto del presente que usted consideraba una decisión puramente individual descubrió, al reconstruir su historia, que depende de instituciones, categorías y relaciones de poder construidas durante décadas?

Referencias bibliográficas — APA 7

  • Barrancos, D. (2020). Historia mínima de los feminismos en América Latina. El Colegio de México.
  • Comisión Económica para América Latina y el Caribe. (2025). La sociedad del cuidado y la igualdad de género en América Latina y el Caribe. Naciones Unidas.
  • Connell, R. W. (1995). Masculinities. University of California Press.
  • Connell, R. W., & Messerschmidt, J. W. (2005). Hegemonic masculinity: Rethinking the concept. Gender & Society, 19(6), 829–859.
  • Crenshaw, K. (1989). Demarginalizing the intersection of race and sex: A Black feminist critique of antidiscrimination doctrine, feminist theory and antiracist politics. University of Chicago Legal Forum, 1989(1), 139–167.
  • Crenshaw, K. (1991). Mapping the margins: Intersectionality, identity politics, and violence against women of color. Stanford Law Review, 43(6), 1241–1299.
  • Instituto Nacional de Estadística y Geografía. (2025). Cuenta Satélite del Trabajo No Remunerado de los Hogares de México 2024. INEGI.
  • Scott, J. W. (1986). Gender: A useful category of historical analysis. The American Historical Review, 91(5), 1053–1075.
  • World Health Organization. (2019). Moving one step closer to better health and rights for transgender people. WHO.
  • Zaremberg, G., & Rezende de Almeida, D. (2024). Feminismos en América Latina: Redes anidadas por el derecho al aborto en México y Brasil. Cambridge University Press.